Los Andes que presenciaron mi novela: paisaje chileno y geografía mítica
E stas últimas semanas han sido frías y lluviosas en Chile. No debiera sorprendernos, porque es invierno por estas latitudes. Pero como los últimos años han sido secos, la lluvia tuvo el efecto de devolverme a mis años de infancia y primera juventud. En concreto, porque la alternancia de lluvia y sol revela una presencia constante: la de la cordillera de los Andes. Esa inmensa mole de piedra y tierra que se eleva como una muralla y nos separa a los chilenos del resto del mundo. Esas montañas que rayan los 6000 metros (bueno, en Santiago solo los 5424, pero ese número es menos poético), en una ciudad que se encarama entre los 500 y los 1000: la diferencia es abrupta y cuando uno se permite un momento para contemplarla —quizás desde otra altura que permita mirarlas de frente, para que las cumbres no se oculten tras su propia altura— es anonadadora en el buen sentido de la palabra. Y es precisamente en días como el de hoy, en el que el sol brilla luego de varias lluvias, que la...